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escrito por Cristian Franco   
martes, 04 de octubre de 2005
Uno de los desafíos de nuestro mundo actual es desarrollar una cultura de diálogo. Parece increíble, pero a pesar de los avances tecnológicos y las ventajas que esto supone para el hombre y la mujer modernos, cada vez nos comunicamos menos. En otras palabras: el diálogo personal, que debería ser llevado a cabo de manera madura y en un marco de respeto, está signado hoy en día por la inmediatez, los prejuicios y la simpleza sofisticada de los slogans publicitarios.

¡Cuántas guerras, divorcios, peleas familiares, discusiones entre amigos y un sinfín de problemas podrían evitarse mediante el diálogo sincero y honesto!

Sin embargo, debemos admitir con tristeza que muchas veces optamos por el camino fácil: escondemos nuestros problemas “debajo de la alfombra”, e intentamos seguir adelante, convenciéndonos a nosotros mismos de que “aquí no pasó nada”. ¡Pero ese no es el camino!

Hace pocos días mi esposa y yo presenciamos la discusión de dos personas que conocemos. Más allá de los detalles del pleito, que ahora no vienen al caso, la situación se prestó para que oficiásemos como mediadores y les ayudásemos en la búsqueda de una solución. Mientras conversábamos, aceptaron que el problema no es reciente sino que tiene su origen en la continua posposición de un necesario diálogo franco y maduro. En otras palabras, comprendían que su crisis relacional era consecuencia de esconder sus debilidades, diferencias, sensaciones y sentimientos “debajo de la alfombra”.

¡Cuántas veces escogemos la senda más cómoda! El temor a descubrir quiénes somos, sumado al miedo a enfrentar los asuntos pendientes en nuestras vidas, nos moviliza a ocultar nuestra personalidad debajo de una aparente serenidad y un supuesto autocontrol. Sin embargo, tarde o temprano esta conducta arroja como saldo un profundo vacío existencial y una creciente insatisfacción espiritual.

La Biblia señala: “Dios nos ha dado la conciencia para que podamos examinarnos a nosotros mismos” (Proverbios 20.27).

Con vehemente urgencia necesitamos recuperar el control de nuestras vidas. Y para ello precisamos abandonar la filosofía hedonista que nos lleva a priorizar el “sentirnos bien ahora, cueste lo que costare” y desarrollar (en simultáneo) una conciencia transparente que nos permita relacionarnos con los demás, practicando el diálogo como camino. Si estamos dispuestos… ¡Dios nos ayudará a lograrlo!

¡Buen Fin de Semana!

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